El término humanismo se inserta en una corriente cultural occidental que puede remontarse hasta la antigua Grecia y que, a partir del siglo XIV, comenzó a vehiculizar un renovado interés por lo humano. Este interés desembocó en el Renacimiento, donde se plasmó de manera intensa en las artes, la filosofía, la política, la educación, etc.
Hoy en día el o los humanismos no gozan de buena salud. Y es en ese contexto, poco favorable, que nosotros queremos caracterizarnos por la promoción de un humanismo cristiano.
El célebre intelectual George Steiner, al ser interrogado acerca de si hoy debemos reaprender a ser humanos respondió:
El siglo que acaba de terminar ha mostrado suficientemente que el modelo clásico de un humanismo capaz de resistir a la barbarie, a lo inhumano, gracias a una cierta cultura, a una cierta educación, a una cierta retórica, era ilusorio…He llegado a la intuición de que un humanismo sin fundamento teológico es demasiado frágil para satisfacer las necesidades humanas, para satisfacer a la razón misma… (2001: 323-324)
Esta cita, ya nos permite comprender y sentir el punto crucial de nuestra situación como humanos. Posibilita identificar el origen de un fenómeno tan complejo y trascendental como la secularización de las formas de pensamiento, sin por ello pretender juzgar todo el inmenso entrelazamiento histórico de hechos. Dicho esto, no podemos negar que justamente fue esa secularización la que condujo a cierta deslegitimación progresiva de la idea del humanismo cristiano, de un humanismo en el que Cristo se revela como principio renovador del ser humano universal.
La deslegitimación del cristianismo y el surgimiento de la secularización, no se produjeron simplemente por razones teóricas. Podríamos mencionar algunos de los elementos del complejo entramado histórico y cultural entre los que se destacan las guerras de religión – que socavaron la capacidad unificadora del cristianismo-; los conflictos entre fe y ciencia, que durante un tiempo parecieron poner en duda la posibilidad de una integración unitaria del conocimiento… y la lista podría ser larga. Por no mencionar otros eventos que, si bien no generaron una oposición directa al cristianismo, sí promovieron una creciente desconfianza en su capacidad para abordar los desafíos del conocimiento y la convivencia.
A lo largo del siglo XVII, se consolidó la idea de que, si la fe ya no podía ser el referente de valores universales compartidos, era imperativo buscar nuevos caminos y garantías de universalidad. Así, comenzó un proceso de búsqueda de nuevas síntesis culturales y de una alternativa al humanismo.
Mientras en el siglo XIX, el signo era la muerte de Dios, en el XX será la muerte del hombre, es decir el fin de la centralidad del sujeto humano. Esta muerte humana, dio paso a la subjetividad instrumental, reificando al hombre mismo, un sujeto auto-alienado, abandonado, sediento de identidad y sin interioridad. Ante este desolador espectáculo, el post- modernismo no tardaría en ofrecer una nueva esperanza: el posthumanismo.
Si ya teníamos bastante con un humanismo secularizado, la aparición de un humanismo inhumano no sólo negará el sentido más profundo de la esencia humana sino ofrecerá una creencia en una tecno- trascendencia prometedora. Será el cyborg el que deba asumir la compleja tarea de recuperar el futuro, creando nuevos campos de investigación que respondan a las necesidades del presente.
Somos contemporáneos al eclipse (o ausencia) del sujeto humano, ¿qué hacer frente a esta esperanza vacía? ¿Una comprensión e interpretación del hombre alternativa es posible?¿Cómo poder hablar de humanismo cristiano en una época que ha desarrollado una cierta alergia a encontrar convergencias sobre las especificidades de la naturaleza humana? Y más difícil aún, ¿cómo es posible proponer un humanismo cristiano que no sea interpretado como la reedición de un sistema doctrinal?
Plantearnos esta pregunta comporta un gran desafío, porque significa entonces afrontar críticamente el rechazo perjudicial de una perspectiva humanista y desarrollar nuevos significados y modelos interpretativos de existencia para imaginar una nueva humanidad.
Si la crisis del humanismo desea ser superada, lo será no desde una visión tecnocéntrica o mercadocéntrica, o desde una ideología alienante. El humanismo se ha desvirtuado en la medida en que se ha identificado con alguna de las producciones humanas y estas se han fetichizado. Como lúcidamente señalaba Ortega y Gasset, el proceso deshumanizador conlleva a la intrascendencia, puesto que supone una huida hacia la trivialización (1983, vol, 3, pp. 354 ss., 364 ss. y 383 ss.).
Por ello, los esfuerzos existentes en el mundo contemporáneo hacia la justicia, la paz, la tutela de la creación, la dignidad humana y los derechos universales serán vanos – a pesar de todas nuestras buenas intenciones- si no están basados en un fundamento de valor que vaya más allá de la siempre frágil buena voluntad.
El humanismo, entonces, tiene el desafío de volver a proponer, de manera convincente y creativa, una metafísica centrada en el valor fundamental de la ley natural inscrita en la naturaleza humana, capaz de asumir los aportes originales y profundos de la tradición cristiana, pues es en ésta que se hace patente una visión integral del ser humano. Desactivar los cortocircuitos interpretativos construidos a lo largo de la historia significa resolver la resistencia cultural que se ha instalado en torno a la capacidad del cristianismo, a fin de realzar la inspiración cristiana, en miras a pensar la humanistas junto a una dimensión teológica y axiológica universal.
Conscientes del solapamiento del humanismo luego de la modernidad, algunos autores cristianos, como Jacques Maritain, propusieron en la difícil década de 1930-1940, la necesidad de replantear el humanismo, enfrentando los desafíos del mundo moderno y dialogando con él de manera crítica. Su enfoque buscaba reflexionar sobre su tiempo a través de la experiencia y tradición cristiana, adoptando lo positivo de ésta, especialmente en cuanto a la defensa de la democracia y los derechos humanos.
Jacques Maritain llamó a este enfoque humanismo integral, donde ni Dios ni el hombre quedan excluidos. Ese humanismo, basado en la Encarnación, buscó mostrarle a la cultura moderna la relación profunda entre lo divino y lo humano. La inspiración cristiana de este humanismo no significaba repetir las fórmulas del pasado ni escribirlas al dictado de autoridades jerárquicas de la Iglesia católica o de otras confesiones cristianas. Ni siquiera suponía necesario ser creyente para compartirla, porque es en la raíz del humanismo donde yace la intuición de la apertura a Dios.
El humanismo cristiano, no es un humanismo antropocéntrico, sino des- centrado[1]. Mientras el humanismo secularizado solo tiende a la inmanencia, la antropología cristiana aporta la apertura que se halla en lo más profundo del mensaje evangélico, el cual no es para unos pocos, sino que abarca a todos los hombres, incluyo a los no creyentes, porque se ofrece sin discriminación ni reduccionismos.
Como bien muestra la reflexión del cosmólogo Carl Sagan acerca de nuestro planeta Tierra (un pequeño punto azul pálido en el universo donde ocurre nuestra vida), el ser humano debe escapar al narcisismo de especie. Así, resituándonos, los humanos debemos recobrarnos a nosotros mismos aspirando a la trascendencia.
Pero seamos realistas. La otra gran dificultad con la que nos encontramos al querer promover un humanismo cristiano, no proviene solo del mundo en el que vivimos, sino de las propias carencias de nuestra manera de comprender el cristianismo. El humanismo cristiano empieza por ser cristiano, y no por una ideología. Por ello, para que el humanismo cristiano sea posible y creíble, debe manifestarse en obras justas. Si el humanismo no está comprometido con responsabilidad hacia el porvenir de la especie humana en su conjunto, y no tiene como norte una actuación ética en todos los campos de la vida humana y la sociedad, es imposible contagiar la sensibilidad humanista. De aquí que la inspiración cristiana del humanismo reside en el no desentendernos.
Esa lucha en pos de la justicia es algo que compartimos la mayoría de los ciudadanos de las democracias occidentales, creyentes o no. Es una especie de denominador común. Y aquí está la raíz del porqué el humanismo cristiano trasciende en su esencia a todas las civilizaciones y culturas. Es estrictamente universal, en tanto que las civilizaciones son de orden temporal e histórico.
El famoso teólogo Karl Rahner (1967:369 ss), apelando a una expresión paradójica que nos invita a pensar, caracterizaba al humanismo cristiano de humanismo inhumano, porque es el cristianismo el que convierte en contingente cualquier otro humanismo. Y esto es porque el cristianismo no pretender ratificar ninguna cultura concreta, una determinada política o economía, sino que condena todo aquello que pretenda ser único y absoluto, que cierre al ser humano al diálogo, que limite su esencia y lo cierre a Dios.
Bibliografía
Ortega y Gasset, J., (1983) La deshumanización del arte, en Obras Completas, Revista de Occidente & Alianza Editorial, vol. 3.
Rahner, K. (1967) Christian Humanism. Journal of Ecumenical Studies, 4 , p. 369-384.
Steiner, G. (2001) , La barbarie douce, en Question de n° 123: Education et sagesse, Albin Michel, pp.323-324.
[1] Ver Riechman, J.