Y Milei lo hizo de nuevo. Transcurrido un año de su primera alocución en el Foro Económico Mundial y algo más de un año después de comenzar su gobierno, Milei volvió a dirigirse al mundo desde Davos. Su discurso en aquella primera oprtunidad estuvo lejos de las “palabras de ocasión” que suelen ser comunes en esos ámbitos y tampoco se limitó a invitar a inversores a apostar por la Argentina (otro lugar común). Fue en gran medida un discurso ideológico en el que expuso sus ideas sobre la “batalla cultural” que el afirma estar librando (y, de hecho, considera ya haber ganado). Esta segunda vez, sin embargo, fue más allá. Además de repetir sus convicciones acerca de la libertad, el liberalismo y el ejemplo que la Argentina estaría dando al mundo, su discurso fue un auténtico “manifiesto” antiprogresista o anti woke. Transcurrido ya algún tiempo y acalladas las reacciones que provocó, me parece oportuno volver sobre este episodio para exponer una reflexión sobre el mismo.
A diferencia de lo sucedido luego de aquel discurso de hace un año, esta vez la reacción generada fue intensa. Y fue negativa y amplia. Las expresiones de crítica y repudio vinieron desde ámbitos políticos, mediáticos, sociales e incluso desde sectores y autoridades (algunas) de la misma Iglesia Católica. Algunas de las críticas repiten la objeción de que “habla de cosas que a la gente no le importan, porque los argentinos necesitan que les solucionen sus problemas reales”. Olvidan, los que esto dicen, que el presidente habló en un foro internacional, donde el espectro de temas abordados debe necesariamente ser más amplio que aquello que, supuestamente, “realmente” interesa a los argentinos. Por otro lado, es evidente que esta temática interesa y preocupa a muchos argentinos, ya que de otro modo no se explica la fuerte reacción contraria que desató. Incluida una “marcha antifacista y antirracista”, convocada precisamente para protestar contra los dichos de Milei en Davos.
¿Pero que fue lo que más molestó a tantos indignados? ¿Qué puntos sensibles tocó? ¿En qué llaga metió su dedo libertario? Considerando los principales puntos de su discurso a los que mayoritariamente se dirigen las críticas, estos fueron los siguientes: el feminismo radical, el ecologismo radical, el aborto, la agenda LGBT y el problema de la inmigración. También repasó otras cuestiones, como la decadencia de muchas universidades del mundo desarrollado convertidas en centros de adoctrinamiento “bienpensamnte” y sometidas como meta máxima a cumplir con los criterios DEI (Diversidad, equidad e inclusión). Todo esto, por supuesto, producto de la citada ideología woke, nuevo ropaje del siempre denostado socialismo para ruina de la civilización occidental.
Para ofrecer un punto de vista diferente a los que sonaron de manera prácticamente exclusiva en los medios de comunicación y redes sociales durante los días posteriores a dicho evento, me parece interesante exponer una valoración de aquellos temas polémicos abordados por Milei en dicha oportunidad desde la óptica del humanismo cristiano, tal como yo lo entiendo. Esta corriente de pensamiento, según Jacques Maritain, ve al hombre como un ser hecho de materia y espíritu, cuya alma inmortal procede directamente de la creación divina. Su dignidad es la propia de una imagen de Dios; sus derechos, así como sus virtudes, derivan de la ley natural. Está llamado por su naturaleza a desarrollar históricamente sus potencialidades, pero su progreso en la tierra no es automático, sino que se cumple en el ejercicio de su libertad y conjuntamente con la íntima ayuda de Dios; tarea en la que se ve constantemente trabado por el poder del mal. Dignidad de la persona, ley natural, presencia ubicua del mal, trascendencia y existencia de Dios, son pillares de este humanismo, desde los cuales se mira la realidad del mundo. Desde esta óptica me limitaré a señalar en qué se puede estar de acuerdo con las palabras del presidente (en algunos temas), y en qué no.
En primer lugar, Milei señaló ciertos males que, según él, aquejan a nuestra civilización occidental en la actualidad, producto en gran medida del wokismo. Estos males son los señalados más arriba y, en mi opinión, es posible estar de acuerdo con él en esto, al menos de un modo general (y subrayo esto). Ante todo, y para comenzar, hay que destacar lo que no dijo: no habló de despedir a personas trans de sus empleos, ni de prohibir o perseguir la homosexualidad o despenalizar los femicidios. Es cierto, no obstante, que en un muy desafortunado ejemplo con el que pretendió –erróneamente- fundamentar su crítica a la ideología LGTBQ+, parece ligar necesariamente homosexualidad y pedofilia, lo cual es sin duda erróneo, además de gravemente ofensivo.
Por lo demás, y desde la citada perspectiva humanista y cristiana, parece evidente que en lo que respecta al feminismo, que en sus primeras épocas (lo que se suele denominar “feminismo de primera generación”) fue un movimiento útil y necesario para erradicar enojosas injusticias que las sociedades occidentales cometían contra las mujeres, absolutamente impropias de comunidades que se consideraban cristianas y, por lo tanto, debían defender la igual dignidad humana de ambos sexos, experimentó en el la segunda mitad siglo XX una deriva extraviada que, con un feminismo radicalizado, llegó a extremos delirantes. Odio al varón (“muerte al macho”, es un eslogan que pudo leerse en pancartas de muchas manifestaciones feministas), rechazo de la maternidad como a una especie de degradación de la condición femenina y una visión de las mujeres como un colectivo oprimido y discriminado, aún hoy, en las democráticas sociedades de los países más desarrollados de Occidente, e incluso asesinado a mansalva (cosa que las estadísticas desmienten y que supuestamente justificaría, en parte, la aberración legal de la figura del “femicidio”, por la cual la vida de una mujer valdría más que la de un varón, ya que su asesinato tiene una pena más grave), son algunas características de este feminismo actual totalmente despegado de la realidad, nocivo y, finalmente socialmente disolvente.
Con respecto a la llamada ideología de género la crítica puede ser aún más definitiva, ya que aquí no hay un concepto desvirtuado o un movimiento que, otrora bueno, actualmente se corrompió. Esto fue un error desde el principio. Lo que hoy se denomina Ideología de género, término que utilizan básicamente sus detractores, no quienes la defienden, alude a algo que comenzó con los llamados “estudios de género”, campo interdisciplinario centrado en el estudio académico de diversos temas relacionados con el género como categoría central. En ellos, se entiende por género, en un sentido amplio, a los roles sexuales que son socialmente construidos, a comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres, dado que, según estas teorías, el género estaría definido socialmente. En estos estudios se basa la “perspectiva de género”, que es un marco teórico adoptado en investigación, políticas públicas y acciones para el desarrollo, con el fin de tener en cuenta el análisis de los roles y desigualdades de género.
Producto de esta ideología es, por ejemplo, la Ley de identidad de género actualmente vigente en Argentina, que expresa en su artículo 2: “Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.” Esta ley también afirma, en su artículo 1, que toda persona tiene derecho al reconocimiento de su identidad de género y al libre desarrollo de su persona conforme a su identidad de género; y por tanto (artículo 3) declara que toda persona podrá solicitar la rectificación registral del sexo, y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida. Con lo cual llegamos a aberraciones como las de hombres que compiten en deportes contra mujeres, o ingresan en sanitarios femeninos o que exigen, si son arrestados, ser internados en prisiones de mujeres.
En cuanto al aborto, este es uno de los pilares de la cultura woke: se lo denomina, eufemísticamente, “interrupción voluntaria del embarazo” (IVE, es la sigla y la denominación de uso más frecuente, tal vez para eludir, en lo posible, la connotación negativa que el término “aborto” ha tenido siempre en nuestra cultura). Protagonista principal de los programas de “Salud sexual y reproductiva”, una auténtica campaña internacional promovida por organismos multilaterales y financiada generosamente por fondos privados y gobiernos, se ha ido imponiendo gradualmente en diversos países del mundo, incluido el nuestro, con amplio apoyo de medios masivos de comunicación. La difusión y aceptación de esta práctica aberrante, del asesinato de inocentes criaturas no nacidas, con las más rebuscadas argumentaciones, es un ejemplo inquietante de como las costumbres más horribles pueden imponerse aprovechando la ignorancia y el fanatismo, y con al adecuado apoyo financiero, político y mediático. Ni la ciencia ni el sentido común dejan lugar a dudas acerca de la condición humana del niño por nacer quien, ya sea como cigoto, embrión o feto, es siempre un ser humano, con toda su dignidad y sus derechos consustanciales. Pero eso no importa para quienes buscan generalizar la idea de que se trata de un derecho (será el derecho de matar a los propios hijos, en todo caso). Después de todo, en esta época de posverdad las razones importan poco, sólo los deseos percibidos como necesidades que generan derechos y su dimensión emocional.
La defensa de la inmigración incontrolada es otro ejemplo de una dinámica social que puede ser positiva en muchas circunstancias, pero que ha sido pervertida por un ideologismo fanático que se combina con oscuros intereses políticos y económicos. De las bondades (y problemas) de la inmigración pueden hablar muchos países, entre ellos y muy especialmente, el nuestro. Sin duda es algo bueno que la gente pueda abandonar su tierra si debe hacerlo para obtener el sustento que allí no puede conseguir o si desea un horizonte de progreso que su país no puede darle. Para el país receptor, a su vez, es altamente positivo recibir una cantidad de gente emprendedora y trabajadora que llega con intención de trabajar duro para labrarse un futuro. Pero esto siempre debe hacerse dentro de las leyes y en la medida que el país que recibe a los migrantes considere adecuado, lo cual puede varias con el tiempo. Proponer, como suele hacerse hoy desde organismos internacionales, una migración irrestricta, negando a los países el derecho a decidir cuánta gente reciben y a quien y, de hecho, eliminar prácticamente las fronteras, es una absoluta locura.
La preocupación por el ambiente es, por supuesto, un asunto de fundamental importancia. El cuidado de nuestra “casa común” (el planeta), del aire que respiramos, el agua que bebemos y de los recursos de los que depende la vida de la humanidad exigen de nosotros, de nuestras sociedades, la máxima responsabilidad ambiental. Pero el ecologismo radical lleva esto a un extremo, prácticamente negando a los pueblos la posibilidad de desarrollarse y considerando incluso al hombre como un elemento negativo en la biosfera.
Según J. Ballesteros las concepciones básicas de la relación entre hombre y naturaleza son tres: el antropocentrismo tecnocrático, para el que el hombre es un ser independiente de la naturaleza y destinado a conquistarla y someterla; el biologismo, que ve en el hombre sólo un animal más desarrollado que los otros; y el pensamiento de inspiración monoteísta, que considera al hombre como parte de la naturaleza, pero que es al mismo tiempo imagen de Dios, y por consiguiente está también por encima de la naturaleza.
El biologismo, que es el enfoque del ecologismo criticado por Milei, al considerar al hombre como un mero elemento del ecosistema, le está negando su auténtica dignidad. Es común que, en esta concepción, se considere que el planeta está superpoblado y que, por tanto, el incremento de la población humana debe detenerse, e incluso, que la humanidad debería experimentar una disminución drástica de sus efectivos. De ahí las políticas antinatalistas que acompañan siempre a esta concepción. Estamos ante un auténtico antihumanismo.
Hasta aquí las coincidencias.
Pero si bien se puede estar de acuerdo (como dijimos, de un modo general) con algunas de las afirmaciones del presidente libertario desde un punto de vista humanista y cristiano, no obstante, puede señalarse también un grave error que comete en cuanto al origen del fenómeno woke. Él lo atribuye al socialismo: “en el siglo XX…una nueva clase política, amparada por ideologías de corte colectivista, …impulsando una agenda socialista, pero insidiosamente operando dentro del paradigma liberal…” (sic). Pero el criticado wokismo ha sido primera y principalmente un producto liberal. Fue la deriva del liberalismo hacia el ideario progresista, típicamente posmoderno (relativista, hedonista, permisivo), lo que creó esta nueva “cultura” a la que luego, claramente, se sumó el socialismo. Y por supuesto, como cualquier ideología dominante, es también la ideología de la clase dominante: las tan mentadas “elites”. Impulsado por estas minorías dirigentes, que tienen más en común entre ellas que con los pueblos que dirigen, el liberalismo ha adquirido un alcance mundial por medio de la globalización.
Porque el liberalismo, al decir de Alain de Benoist, es la ideología dominante de nuestro tiempo. Principal heredero de la filosofía de la Ilustración, nuestras sociedades occidentales han sido modeladas en su forma actual, principalmente por el liberalismo. Y una sociedad liberal es una sociedad donde domina la primacía del individuo, la ideología del progreso, la ideología de los derechos humanos. Pero principalmente es una sociedad individualista.
Puede decirse que, en realidad, el liberalismo no es la ideología de la libertad, sino la ideología que pone la libertad al servicio del individuo. Y el individuo liberal busca su completa autonomía. Ya en 1841 John Stuart Mill proponía “permitir a cada hombre ser su propio guía y soberano y actuar exactamente de la manera que considere mejor para él.” O como lo expresa Alasdair Macintyre, “desde un punto de vista individualista, yo soy lo que elijo ser.“
Así surge este “liberalismo woke”, en el que van apareciendo una variedad de “colectivos”, que buscan “ser lo que eligen ser”, o liberarse de opresiones reales o supuestas (a veces, de la opresión de la realidad…). Y ahí aparece el socialismo que, habiendo perdido, al menos en el mundo desarrollado, la representatividad de las clases trabajadoras, buscan nuevos “oprimidos” a los que defender y los encuentran en un conjunto más reducido de grupos marginados: minorías raciales, inmigrantes, minorías sexuales, y similares. Acompañando este proceso, el poder estatal se utilizó cada vez más, no en el servicio de la justicia imparcial, sino para promover resultados sociales específicos para estos grupos.
De modo que proponer el combate al socialismo como el modo de derrotar a la ideología woke es un peligroso error que ignora a uno de los responsables: el propio liberalismo. Este, según Francisco Conteras, lleva en él una suerte de “gen autofágico” y destructivo: el que radica en la concepción de la autonomía, principio de carácter absoluto y, por lo tanto, ilimitado, y núcleo central y decisivo de toda ética posible. Una ética en la que cada uno podría hacer lo que le viniera en gana, pero con un límite: no podía causar daño a otros. Por supuesto que se trata de un daño fundamentalmente físico y causado a sujetos individuales, ya que la concepción de un bien común e incluso espiritual había desaparecido. Desde esta concepción de liberacionismo progresista, se vuelve muy difícil sostener la cultura del trabajo y del esfuerzo, del sacrificio por la familia y las sociedades, y no buscar, en cambio, la ganancia fácil y rápida, el consumismo, el placer y la pereza, con el resultado de que ya no es posible la economía de mercado (que es la única que produce riqueza), ni la ciencia rigurosa, ni la democracia republicana, ni la educación de calidad, ni la seguridad pública ni nada de lo que hace posible la vida buena de los seres humanos en sociedad.
Liberalismo y socialismo, finalmente y en opinión de quien escribe estas líneas, son dos caras de la misma falsa moneda: la de una concepción equivocada del ser humano que, para la primera de ellas, es un individuo soberano y desligado de todo lo que no sea la cruda búsqueda del propio interés y, para la segunda, una simple célula descartable del organismo que importa, la sociedad, en la cual, por otro lado, existirá siempre el conflicto, que fluirá en una dialéctica interminable de opresores y oprimidos. La superación definitiva de la nefasta ideología woke, entonces, no podrá venir de ninguno de ellos, porque fueron sus creadores.
Muy muy bueno, algo largo, pero el final es lo mejor. Saludos
Valiosas reflexiones hacia la Cultura de la P az favirecuendo
otras miradas y principios, cultivando ámbitos en los que podamos avanzar y desarrollarnos con un Humanismo integrador
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Ei Dr Gustavo González hace una oresentacion en su Blog con un valioso aporte en relación a la Cultura de la Paz.
El autor con su tematica»Humanismo Integral»trata de explicar conceptos que deben profundizarse para favorecerla Reconciliacion a traves de otras miradas y principios cultivando conjuntamente.ámbitos en losque podamos avanzary desarrollarnos hacia la integración
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