Al considerar las últimas reuniones multilaterales regionales de diversos organismos, como ser MERCOSUR, G7, BRICS, Cumbre de las Américas, se observa que cada uno sigue su dinámica con su «agendita». La «agenda grande» del multilaterialimo mundial se encuentra prácticamente paralizada, con los grandes temas impulsados principalmente por los países del G7, del otrora consenso internacional de una agenda liberal democrática, prácticamente paralizada.
En este contexto de auge de estas agendas regionales, lo más representativo a nivel global sería el G20, con una agenda «tomada» por los países del llamado «Sur Global», principalmente después de las presidencias sucesivas de Indonesia, India y Brasil, a lo que se suma la de Sudáfrica desde este año, también miembro del BRICS y propulsor de intereses similares a los de sus anteceseros. Aún así, las líneas divisorias en la arena internacional que plantea la ampliación del BRICS y su progresiva politización, también se sienten en esta organización, lo que se refleja en declaraciones finales cada vez más lavadas o asistencias de líderes de peso cada vez más mermadas.
Justamente el BRICS ha fortalecido dicha vertiente de temas de los países del sur, lo que favorecería la transición hacia una especia de orden multipolar, con eje en el fortalecimiento del liderazgo de potencias regionales. Se busca asentar tal tendencia en lo que Rusia ha denominado los pueblos de la mayoría del mundo, atento a que efectivamente estos países concentran poblaciones que equivalen a dos terceras partes de la población mundial, participación económica global cada vez mayor, con atributos de poder progresivamente crecientes en su proyección y magnitudes.
Sin embargo, intereses disímiles entre los principales miembro de este «club» están mostrando ciertas dificultades de consenso para lograr operativizar políticas de peso internacional. Similar cuestión se plantea en el club rival, el G7, donde la irrupción del fenómeno Trump II ha planteado serias divergencias en la Cumbre de este año. Tanto la guerra en Ucrania, como la política comercial internacional promovida por el Presidente de los EEUU, han planteado líneas de quiebre que complican consensos en temas fundamentales, más allá del nuevo posicionamiento de dicho país en materia de cuestiones climáticas, sanitarias, demográficas, de cooperación y hasta cultural- educativas en el mundo, lo que ahonda aún más las diferencias con sus socios.
Aquí se observa que el factor de cambio fundamental se relaciona con el fenómeno Trump II, una revisión de la agenda internacional con un enfoque donde prima la agenda realista de la geopolítica y de revisión de aquellas dimensiones de poder donde los EEUU han demostrado liderazgo internacional, con beneficios hacia el resto del mundo. Esto en un contexto de declive de este país, con déficits gemelos crónicos (comercial y fiscal), relevante deuda pública, ante una competencia asiática en materia tecnológica y económica cada vez más sensible y con tendencias a incrementarse. Se suma el conflicto bélico en Europa y la promesa electoral de Trump de ponerle un fin en días, lo que se revela de imposible cumplimiento.
Esta última cuestión es la que plantea el inicio del fin del multilateralismo tal como lo pensaron y diseñaron las potencias liberales y, en acuerdo con los soviéticos y China, al fin de la Segunda Guerra Mundial. La avanzada de Rusia en Ucrania se constituyó en términos políticos en el principal quiebre de lo que quedaba de dicho orden, ya gravemente vulnerado por arbitrariedades de las potencias que violan el derecho internacional. La escasa legitimidad de ejercicio de ese ordenamiento se asentaba, desde la década del ’90 y el colapso del bloque soviético, en un orden unipolar, que después de treinta años ya no era tal. En Ucrania, Rusia dejó al descubierto la realidad de un orden multipolar, que curiosamente es la base del sistema de la ONU, aunque el fin de la URSS y la desligitimación internacional del comunismo stalinista, planteó momentaneamente otra realidad de poder global.
Al mismo tiempo, un fenómeno común recorre la crisis de consensos y la legitimidad del multilateralismo global, que además de la crisis financiera que agobia a los organismos, se ha visto sacudido por un auge de los gobiernos de derecha. En algunos países estos siguen una especie de nacionalismo de tipo híbrido, por su mezcla con elementos liberales, y otros de exclusin. Esto tiene que ver con la aparente falta de interés o impulso para alcanzar consensos internacionales, una preeminencia a ultranza de los intereses domésticos y la manipulación de variables de política internacional para uso con fines de política interna.
Este proceso se vincula con una discordancia axiológica y política entre las agendas domésticas y los posicionamientos internacionales que aún dominan la política global. La construcción de nuevos relatos que den legitimidad al multilateralismo impulsaría los cambios que éste demanda para una mayor efectividad y concreción de objetivos que se relacionan a desafíos comunes de la humanidad, sin por esto claudicar de metas y valores nacionales.
En tal sentido, los futuros consensos se darían en torno a direcciones de política internacional que reflejen la convergencia entre los valores internacionales con base territorial; demandas concretas de las naciones; puntos de interés global que se relacionan con la seguridad, crecimiento económico armónico y la libertad; y mesas de diálogo y negociación internacional representativas. Dichos anhelos se presentan ante las amenazas de guerras territoriales; narcotráfico y terrorismo; estructuras corruptas; crisis económicas crónicas; ausencia de posibilidades de ejercicio de derechos individuales y sociales por sistemas que atentan con la vida, propiedad o identidades culturales nacionales.
Tal cometido es de carácter civilizatorio, por lo que el multilateralismo sin un concepto fuerte que se vincule a las civilizaciones existentes se convierte en objeto de la manipulacion politica y está destinado a no perdurar para el logro de sus fines, es decir, la paz y estabilidad internacional. Si se reconocen períodos de cierto tipo de multilateralismo o manto de cierta normatividad legítima para las naciones por debajo de ese manto, se observa que desde la época de la cristiandad con sus extensos períodos -desde el Imperio Romano después de Constatino, pasando por el Sacro Imperio Romano Germánico y por el Imperio Español desde los Reyes Católicos hasta el fin del los Habsburgos-, se llega recién a mediados del s. XX a un período de cierta convivencia por debajo de la aceptación de ciertas normas comunes, con la Carta de la ONU.
Entre la caída del Antiguo Régimen en Europa y principalmente desde el Imperio Británico hasta la anterior fecha, la convivencia estuvo asegurada más que por una narrativa de fuerte contenido doctrinario, como lo fue con la civilización cristiana, por la predominancia de una potencia capaz de imponer la ideología que encarnaba (liberalismo, socialismo, fascismos). Por eso, el nuevo relato llamado a ser el emblema significativo de una nueva posible pax por venir está llamado a tener nuevamente cierto contenido trascendental que podría provenir de una cosmovisión compartida por esas tendencias de derecha antes mencionadas, pero que en una virtual evolución, sean nacionalismos de inclusión y no de exclusión para ser representativas de las demandas domésticas e internacionales.
El sur, geográfico y no el ideologico, tiene la vocación histórica de representar esos nacionalismos de inclusión y libertad, en lo que sería una síntesis de procesos políticos de amalgama de culturas y civilizaciones que se han dado desde la génesis de estas naciones