En los sistemas democráticos se combinan en diversas dosis políticas económicas nacionalistas con otras liberales en un transfondo donde prima el liberalismo político. Sin embargo, no hay estilos puros, sino que, según enfoques doctrinarios o por la simple coyuntura, se acentúan ciertas tendencias más que otras.
De este modo, el actual gobierno de los EEUU mostraría una fuerte faceta nacionalista tanto en lo político como en lo económico, donde de hecho la impronta del gobierno de Trump estaría inaugurando una nueva era en la que ciertos aspectos del ordenamiento internacional post-Segunda Guerra Mundial estarían siendo alterados. Principalmente, la liberalización del comercio tal como ha sido concebida desde ese entonces ha dado lugar a esquemas de comercio administrados y encuadres económicos de tipo estratégico.
Esta tendencia se inicia principalmente en la pandemia del COVID 19, se acentúa en el conflicto global que se da en Ucrania y aumenta a su mayor expresión con la actual política comercial de los EEUU, que intenta hacer frente a los serios déficits competitivos frente a China, su principal competencia y por ende antagonista internacional. En sí, las potencias dominantes siempre han usado políticamente el liberalismo económico para ajustarlo a su medida y conveniencias para mantenimiento del status quo. La novedad sería la posición estratégica generalizada que está desarrollando el gobierno de Trump, con una securitización de la economía que afecta a potencias aliadas, así como las anatagónicas, con conatos de agrasevidad arancelaria principalmente hacia estas últimas, en la medida que representen un desafío geopolítico.
Asimismo, desde el factor cultural de las relaciones internacionales, el viraje anti progresista o anti-woke se da tanto en el sector empresarial como en el político y se alimenta del descontento de la sociedad civil ante demandas insatisfechas, falencias de los sistemas de representación y un discurso único que ha perdido su encanto y hegemonía. Este fenómeno cultural plantea un resurgimiento de cierto nacionalismo político, en el que el patrón de pensamiento y de conducta intenta corresponderse con la identidad de las naciones, o sus residuos después de sucesivas dos oleadas de la globalización post-Guerra Gría, la liberal-económica y la socialista-cultural.
En la dimensión internacional este proceso se manifiesta por una gradual reevaluación y reconocimiento hacia patrones universales del humanismo, principalmente en lo que se refiere a los derechos humanos, tal como se definen en la Carta de la ONU y en la Declaración Universal de Derechos Humanos. El discurso único de pseudo humanismo, pseudo ecologismo y pseudo diversidad y feminismo, cede lugar en cada vez más países a una agenda donde la universalidad definida desde un respeto absoluto a esencias, que están en la génesis de la comunidad internacional, se revela más inclusiva que el discurso único de empadronamiento y dictaduras culturales hegemoneizantes.
Los sistemas más autoritarios o al menos, regímenes de partido único, como el de China, se ubican en cierto extremo de dicha escala, que los ubicaría en mejor posición para maniobrar políticamente cambios hacia mayor o menor nacionalismo en lo económico. Curiosamente, China tendría un perfil más bien liberal en su relacionamiento económico internacional, aunque esto se ve muy condicionado por el carácter estatal de su capitalismo y posesión de los medios de producción. Esto, más su estructura cultural política monolítica la ubica en la categoría de un fuerte nacionalismo político y económico con una interacción alta con la comunidad internacional en intercambios aparantemente de tipo liberal-capitalista.
O sea, asistimos a una época donde con diferente graduación la tendencia nacionalista se da en lo económico y lo político, como condición para la supervivencia. El nacionalimo es una categoría que va más allá de que que ciertas sociedades políticas o Estados sean más democráticas que otras. Hay una tendencia a confundir nacionalismo con autoritarismos, cuando en realidad los nacionalismos, ya sea en su manifestación cultural, económica o política, tienen como eje y matriz de sus mecanismos de decisión el interés y la identidad nacional. Nacionalismos de inclusión se muestran como más benévolos y democráticos a lo largo de la historia que aquellos llamados de exclusión.
La interacción que se da en contextos de globalización con la comunidad internacional tiende a ser siempre alta, configurando dichos regímenes una especie de soberanismo interdependentista. Dicha manifestación tiene el riesgo de desviarse hacia una orientación corporativista, que reste competitividad al aparato económico o que favorezca la enquistación de oligarquías en el poder. Estas desviaciones irían contra la fuerza originaria que produce el auge de los nacionalismos, es decir, interés y demanda sociales insatisfechas.
La Argentina, con la orientación actual de soberanismo cultural humanista, se ubicaría entre los países que siguen una tendencia nacionalista, al mismo tiempo que manteniendo niveles adecuados de interacción con la comunidad internacional. La opción por un liberalismo económico, que intenta descorporativizar el sistema político-económico y generar condiciones para el crecmiento económico se tropieza con un contexto internacional que sigue la orientación opuesta. Esto acentúa las presiones para un corrimiento hacia posiciones más moderadas en lo económico, con el riesgo de perpetuar infeciencias sistémicas que han producido crisis cíclicas en este país.
Situaciones como la de este país, con fuertes condicionamientos económicos en su desarrollo y riesgos de quiebres sociales, encuentran un posible cauce de solución en políticas con priorización del interés nacional, encuadre estratégico planificador de la economía, continuidad de políticas que favorezcan la identidad cultural aunque con altas dosis de pedagogía multi-direccional. Desde una modernización del Estado, con una firme función subsidiaria de la actividad privada, y un emponderamiento de liderazgos renovados y capacitados sería posible preservar e incrementar capacidades y atributos de poder propios, siempre que se aproveche el catalizador que brindar el factor científico-tecnológico.
A modo de conclusión, la ilustración de este artículo se corresponde con lo insólito de lo que podría llegar a ser un posicionamiento irracionalmente moldeado por consideraciones geopolíticas o político-culturales nacionalistas extremas, donde la energía que consume Europa sigue toda una cadena de mediaciones antes de llegar consumidor europeo. La decisión política de tal accionar ha sido en desconocimiento del interés de la sociedad civil de esta bloque, lo que finalmente, se traduce en auges de nacionalismos, algunos de carácter más extremo que la situación que les dio origen. El contexto de securitización de la economía por fuertes tensiones geopolíticas alimenta intereses corporativos, crea ineficiencias y atrasa el desarrollo de las sociedades