Las fuerzas políticas no han comprendido su fracaso, y al no hacerlo, es imposible que puedan proponer un proyecto para superarlo.
Nuestro país enfrenta un problema llamado pobreza estructural. Desde la vuelta a la democracia, la pobreza ha ido en aumento hasta estabilizarse en torno al 25%. Sin importar lo que ocurra, ese porcentaje se mantiene, por lo que podemos afirmar que ese guarismo representa la pobreza estructural en nuestro país. Esta forma persistente y profunda de pobreza no depende de ciclos económicos ni de crisis temporales, sino que está arraigada en el funcionamiento mismo del sistema social, económico y político.
Frente a este problema, los gobiernos siguen ofreciendo soluciones similares, con resultados igualmente negativos: el crecimiento progresivo de la pobreza. Por lo tanto, podríamos decir que todas las políticas han fracasado, desde la caja PAN hasta la Asignación Universal por Hijo (AUH).
Volviendo a la definición, podemos afirmar que está arraigada en el sistema social porque ha desaparecido la movilidad social ascendente, y con ella, lentamente, la clase media. Existe una transmisión generacional y una localización territorial de la pobreza, que se concentra en bolsones, dividiendo las ciudades entre pobres y ricos, sin importar si se trabaja o no. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pese a los esfuerzos gubernamentales, ha comenzado a mostrar rasgos de esa división, donde los comercios perfilan su actividad y estructura hacia grupos económicamente ricos o pobres. Lo vemos en los restaurantes, supermercados, tiendas de ropa y ferias (outlets y manteros).
En el sistema económico, esto se refleja en la reducción de la actividad y la concentración de la riqueza en no más de tres o cuatro sectores: agroindustria y alimentos, hidrocarburos, servicios y comercio. A pesar de la brutal transferencia de recursos desde la actividad agropecuaria hacia la industria, esta última no logra despegar ni ser competitiva.
El sistema político se obstina en soluciones clientelares y dogmáticas. Cada grupo ha adoptado características deleznables que lentamente contagian a la sociedad. Los partidos mayoritarios han perdido el rumbo, no solo por no saber hacia dónde ir ni proponer grandes ideales, sino porque en sus prácticas son voluntaristas, abandonados a la historia. Han perdido el sentido crítico y el sentido del honor. Mientras algunos buscan obtener recursos mediante actividades poco transparentes o directamente delictivas, otros pretenden vivir de la dádiva, y nunca falta quien aspire a la remuneración del descanso o incluso a un salario por la autopercepción (pretenden cobrar por aparentar que trabajan).
Lo cierto es que las causas de la pobreza estructural son distintas de sus efectos. Por ello, si queremos corregir el problema, debemos atacar las causas. Entre ellas se encuentran:
- La corrupción y la mala gestión pública: Si se gestiona bien, no se puede robar. En este punto, hay cuestiones vinculadas a una estructura jurídica inmoral, donde incluso los perjudicados por la corrupción prefieren límites morales difusos para mantenerse dentro de la legalidad.
- El clientelismo político: Como forma de pérdida de libertad, exclusión social y auto-segregación.
- La falta de inversión en infraestructura y educación, especialmente en esta última.
Argentina ha implementado diversas políticas para combatir la pobreza estructural, pero los resultados han sido mixtos debido a factores como la inflación, el empleo informal y la falta de crecimiento económico sostenido.
El único remedio a la pobreza estructural es fortalecer la educación, y lograr que los alumnos desarrollen sentido crítico. Más ensayos, mejores cuestionarios. Fomentar la voluntad y la competencia mediante deportes individuales, donde la constancia y el esfuerzo sean parte del éxito.