Javier Milei se ha autoproclamado “el primer presidente liberal-libertario del mundo”, además de declararse abiertamente “un liberal anarco-capitalista”. A primera vista, su discurso puede parecer contradictorio entre una postura libertaria y otra conservadora, por ejemplo, su posición en contra del aborto. Sin embargo, esto continúa la contraposición explícita existente en el “Programa para un populismo de derecha” (1992) de uno de los autores que suele citar, Murray Rothbard. Este aceptó conscientemente dicha contradicción al proponer una alianza entre libertarios y conservadores, tradicionalistas, etc., con el fin de eliminar el estado de bienestar. Es decir, una alianza para un capitalismo anti-estatista extremo –que pone un “paraguas” sobre diferencias en otros “valores”, requerida por la necesidad de amalgamar una coalición política.

Otra muestra de dichas contradicciones, o al menos efectivas ambigüedades, puede verse en el pasaje más citado por Milei en sus discursos y que pertenece a su mentor intelectual Alberto Benegas Lynch h. (sobre todo en la fase inicial): “El liberalismo es el respeto del proyecto de vida del prójimo, (…) basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida a la libertad y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo y la cooperación social”.

Según el Presidente en su discurso de asunción, “en esa frase de 57 palabras está resumida la esencia del nuevo contrato social que eligieron los argentinos”. Más allá de la muy exagerada generalización final, el objetivo de este artículo es, en primer lugar, desglosar interpretativamente dicha cita. En segundo lugar, proponer una presentación de los temas desde un punto de vista basado en el aprecio de la libertad, pero desde otra de sus líneas de evolución o tradiciones.

Entendemos que el párrafo, asumiendo que la interpretación es estrictamente personal, pretende decir lo siguiente: El liberalismo es que los prójimos respeten mi proyecto de vida, que no me agredan por tener éxito y dinero. Que respeten mi vida, mi libertad y, ante todo, lo que lo garantiza: mi propiedad. La institución fundamental para sostener esto es la propiedad privada, única garantía de libertad.

También se necesitan lugares donde intercambiar la propiedad a los fines de su acumulación. En ellos no debe haber ninguna interferencia de otros principios o criterios, en particular los de la comunidad. (¡Que no existe! ¡Sólo existen individuos!). En la dinámica del intercambio se definen los resultados de la vida: el que gana, es exitoso, y el que pierde, fracasa, y no debe tener resentimiento, ni molestarse por ello, menos aún molestar a los exitosos. En definitiva, es un sistema que beneficia a todos: “Si sos pobre, seguí participando…”; sólo pueden tener la culpa la “casta política” (lo más conveniente) o vos mismo, y “nosotros” vamos a eliminar a la casta, que no te deja ser rico y exitoso (como ha dicho el Presidente a sus seguidores: Todos ustedes son [o pueden ser, digamos] “leones”).

La división del trabajo implica la racionalización total de la actividad económica –y de la vida– a partir de un solo principio: la libertad garantizada por la propiedad, obtenida “legítimamente” (por herencia y por el sistema de intercambios). Y se requiere la “cooperación” –usemos esa desagradable y peligrosa palabra con cuidado, para disimular un poco. Pero nos referimos a la necesaria por el egoísmo de cada uno para mejorar la propia vida, y posibilitada por los intercambios libres, sin meterse, o “respetando” –siendo indiferente a– la vida de los demás.

“En la dinámica del intercambio se definen los resultados de la vida: el que gana, es exitoso, y el que pierde, fracasa, y no debe tener resentimiento, ni molestarse por ello, menos aún molestar a los exitosos.”

La glosa ha sido larga porque esas 57 palabras contienen mucho significado, sin dudas… Pero las interpretaciones tienen siempre un sesgo subjetivo, y por supuesto son discutibles. Es más importante proponer alternativas. Estas también tienen un origen subjetivo, pero aspiran al reconocimiento de algún grado de evidencia y de consenso. Desde nuestro punto de vista todo esto se puede reelaborar dentro de la propia tradición liberal (o ampliándola) de un modo que estimamos más beneficioso para el desarrollo económico, social y mejorar la calidad de vida; en resumen, también más justa.

El liberalismo obviamente es una corriente de pensamiento que enfatiza la libertad, y lo puede hacer “a costa” de otros valores –de modo axiomático y racionalista– o “en conjunto” con otros valores muy importantes, como la justicia, la solidaridad, la fraternidad, etc. Un liberalismo unidimensional cae fácilmente en el egoísmo, el individualismo, y la lucha por la supervivencia, donde los fuertes (que gozan de posiciones beneficiosas o mayores privilegios) se imponen frente a los débiles, pudiendo llegar al límite de no respetar la dignidad humana del prójimo.1

La no agresión física no es suficiente para un orden social, es sólo un mínimo desde el cual crecer. Una sociedad donde no se garantiza la igualdad ante la ley, y la dignidad de las personas humanas (que comienza con el cariño y la provisión de lo necesario material en el hogar, y continúa con la participación, generando y recibiendo, de modo cooperativo en las instituciones privadas y públicas) –es decir, la justicia social– genera muchas veces una situación de indignación que puede desembocar en conflictos graves y violencia. Por una razón de humanidad, pero también de conveniencia, se debe luchar, junto a la libertad, por la justicia social, para que prime el bienestar y la paz.

Sin dudas es adecuado defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad, pero las personas no sólo vivimos como islas, también requerimos de vínculos sanos. Estos no sólo están basados en el mero respeto y la indiferencia, sino que incluyen una dimensión afectiva, que parte de los vínculos íntimos, pero puede y debería crecer hacia la solidaridad y amistad social. Esta puede ser, sin dudas, de distintos grados y dirigirse hacia diversas personas, pero todos merecen el mayor grado posible, y es necesaria para vivir una vida con sentido y una convivencia social saludable.

Las instituciones propuestas por el pasaje que comentamos son útiles, pero son mucho más complejas y deberían complementarse con otras. La propiedad privada es necesaria, pero no en abstracto, sino difundida en toda la sociedad (una sociedad en la que pocos tienen mucha propiedad y muchos ninguna trae inconvenientes que consideramos completamente evidentes). Pero también es necesaria la propiedad pública, por ejemplo, los edificios y espacios públicos, los parques nacionales, etc., que podemos disfrutar todos, y son vitales para los que menos tienen.

Además, la idea de propiedad en algunas interpretaciones puede caer en una cierta connotación materialista. Si bien necesitamos de los bienes materiales para la vida, la vida en sí es mucho más que la sola posesión de bienes. El bienestar material es necesario para la vida, pero es un “medio”, y no un “fin” de la misma. Los mercados son instituciones valiosas y complejas, donde se debe garantizar que los intercambios no sólo sean voluntarios, sino también “justos”, defendiendo una competencia “leal” y efectiva.2

No por casualidad el contrato es su forma jurídica básica, y tiene una serie de condiciones asociadas que se desarrollaron a lo largo del tiempo en Occidente y luego de varias etapas culturales. Se requiere buena voluntad, que no haya fraude ni engaño (digamos transparencia y cierta simetría de la información –cada vez más dificultosa con el avance técnico–), y un poder de negociación equivalente.

También es relevante que ninguna de las partes esté sometida a necesidades imperiosas, lo cual generaría una ventaja automática para la otra parte (por ejemplo, desempleo extendido en el mercado de trabajo ante una contratación laboral). Si se toma como punto de partida la complejidad de los mercados y de su carácter, a la vez económico, jurídico y moral, es claro que se requiere un sistema bien desarrollado de justicia y un marco legal.

En general el que ha provisto ese marco con diferentes elementos ha sido el Estado (más o menos descentralizado). Algunas veces cumple bien su cometido, otras veces no. Pero proponer reducir al mínimo al Estado sólo logra llevar a la sociedad hacia una situación de anarquía, que es elcaldo de cultivo de los peores totalitarismos (un ejemplo patente: la Alemania de entreguerras).

Un mercado sin ley ni justicia degrada a la “ley de la selva”, donde se produce la más animal lucha por la supervivencia. No por casualidad buena parte del liberalismo del siglo XIX estuvo relacionado con ideas del darwinismo social, un materialismo evolucionista desembozado que ha precedido históricamente el desarrollo de totalitarismos deshumanizantes en el siglo XX.3

“Los mercados son instituciones valiosas y complejas, donde se debe garantizar que los intercambios no sólo sean voluntarios, sino también “justos”, defendiendo una competencia “leal” y efectiva.”

La división, organización y racionalización del trabajo es necesaria y ha traído buenos resultados, colaborando con el crecimiento económico y la evolución tecnológica, pero no puede ser convertida en el fin mismo de la vida. La vida, como mencionamos, no puede reducirse a un solo fin como la libertad o la igualdad, la soberanía, el bienestar material u otro.

Una parte importante del liberalismo ha caído en la concepción materialista que propone: si producimos más, tenderemos más propiedad, y así tendremos más libertad. Eso ha tendido a que las personas puedan interpretarse como máquinas de producir, y de adaptarse y auto-explotarse para tener más ingresos, y así conseguir más bienes que consumir. Por supuesto, teniendo en cuenta que muchos quedan excluidos de este sordo “deber ser” del sistema.

¿Eso es vida y libertad? Más bien creemos es una interpretación demasiado estrecha.4 La cooperación social, finalmente, es mucho más que la reconocida como un mero “intercambio voluntario” por muchos liberales reduccionistas. Uno puede además colaborar en una asociación voluntaria, en una familia o entre amigos. Llamar a todo eso “intercambios”, como hacen Mises, Becker y otros liberales fundamentalistas, es un abuso del lenguaje y un recorte grosero de la realidad, que incluye la reciprocidad, el altruismo, incluso la abnegación y el sacrificio en servicio del prójimo… 5 Llamar a estos últimos fenómenos “maximización de la utilidad subjetiva” produce un equívoco interpretativo con impactos contraproducentes sobre la cultura, la sociedad y la propia economía de mercado.6

El Presidente electo, entendemos, tiene uno de sus méritos en encuadrar su acción política desde un marco de pensamiento claro y explícito, que podría dar lugar a una elevación del debate público en este sentido (tratando de ser caritativos con las expresiones que repartió a diestra y siniestra durante la campaña electoral). Lamentablemente, por lo expuesto creemos que dicho marco presenta cierto reduccionismo, al que esperamos poder contribuir en algo complementando con el presente aporte. La Argentina ya está sufriendo los efectos de la aplicación de un enfoque incompleto y sesgado (además de toda la carga de errores de gobierno del pasado, que nadie puede desconocer). Existen múltiples variantes, tanto dentro de la tradición liberal, como en otras corrientes, con las cuales encontrar mínimos denominadores comunes. Esto sería importante para abrir un diálogo más fructífero ante la magnitud de la crisis que el país, y, sobre todo, la población con menos recursos, se merece perentoriamente.

 

Notas

  1. Es revelador que épocas de prevalencia de un liberalismo de este tipo han sido sucedidas por otras en las que se extendió la violencia, hacia otros (guerras, etc.) o hacia sí mismo (adicciones, suicidio, etc.), como sucedió a principios del siglo XX, y podemos ver bastantes ejemplos hoy día en el mundo.
  2. Los liberales que elogian a la Escuela de Salamanca (también llamada “Segunda Escolástica”), porque les interesa su defensa de la economía de mercado, deberían también leer los requisitos legales y éticos fuertes que desarrollaron para garantizar “precios justos”, un concepto que no comparten muchos liberales, y los lleva a desconocerlo, o a asimilarlo precio efectivo de mercado sin más. Véase para una postura balanceada al respecto, por ejemplo, el artículo de Raymod de Roover, “The Concept of the Just Price: Theoryand Economic Policy,” The Journal of Economic History, Vol. 18, No. 4. (Dec., 1958), pp. 418-434.
  3. Podemos mencionar como lugar clásico la obra de Herbert Spencer, y la adopción de Friedrich Nietszche de elementos del Darwinismo. Luego de las grandes guerras la humanidad acordó la “Declaración de los derechos humanos”, que se han reinterpretado (corrompido), pero también degradado, volviéndonos a poner en una situación de un cierto clima de darwinismo social hoy –quizás más implícito porque es políticamente incorrecto. No es casual la conexión: liberalismo extremo, darwinismo, guerra. Lo estamos viendo hoy en el mundo con el arco que está trazando la evolución del neo liberalismo. Para la primera parte de este arco puede consultarse M. Resico(2006) “Libertad y Economía. Una perspectiva desde la historia de las ideas y las instituciones,” Revista Universitas, No.3.
  4. Nos explotamos para maximizar nuestra producción, para luego maximizar nuestro consumo (los mantras son: “productividad”, flexibilidad”, “creatividad”, “innovación”, “adaptación”, etc.). Lo cierto es que una parte de nosotros sólo alimenta funciones del sistema, como producir y consumir, quedando atrapados en ello, y olvidamos el más amplio horizonte de sentido de la vida, mientras alrededor, otra parte de nosotros, va engrosando a los excluidos de dicho sistema.
  5. Puede verificarse esto en sus respectivas importantes obras Mises L. (2011 [1949]). La Acción Humana: Tratado de Economía. Madrid: Unión Editorial; y Becker G. (1976) The economic approach to human behaviour, Chicago: University of Chicago Press.
  6. Este es uno de los argumentos centrales de la obra Más allá de la Oferta y la Demanda, del economista ordo-liberal Wilhem Röpke. Para un estudio pormenorizado de dicha postura frente al pensamiento de otros economistas liberales puede verse M. Resico (2008) “La estructura de una economía humana. Reflexiones en cuanto a la actualidad del pensamiento de W. Röpke”, Educa, Bs. As.