A una semana del encarcelamiento de la expresidenta con mandato cumplido, ya quedó definida la estrategia del kirchnerismo. Ni el oficialismo ni el PRO han reaccionado.

La salida elegida no resulta conveniente: resta centralidad al Presidente, opaca el escándalo por los conflictos internacionales y diluye a la tercera fuerza, devolviendo la escena política a una polarización entre peronistas y antiperonistas.

Una vez más, la batalla cultural se instala en el centro del debate político. La violencia y el resentimiento parecen ser las únicas herramientas en juego para proyectar poder. Se reivindican, al menos simbólicamente, los años setenta: una década oscura de nuestra historia que dejó dolor y tragedia.

Llama la atención que esta misma lógica se repite en el plano internacional. Las políticas de cooperación, el diálogo y la búsqueda de caminos hacia la paz se han desvanecido, siendo reemplazadas por una creciente carrera armamentista, por situaciones de violencia extrema y por la necesidad de alinearse con alguna potencia global. Nada nuevo, aunque cambien los nombres: antes era Cuba, Chávez o China; hoy, Israel y Estados Unidos. Siempre olvidando dónde estamos parados.

El retorno al concepto de “discurso del odio” desdibuja la verdad. La prisión no es fruto del amor ni del odio: es resultado de una sentencia por defraudación al Estado por más de 600 millones de dólares a través de la obra pública asignada a sus socios. Hechos probados por el Ministerio Público, con pruebas públicas expuestas en audiencias virtuales, no refutadas como falsas por la defensa. Aunque se objetó la forma en que se incorporaron, la Corte fue clara: no se ejerció debidamente el derecho a defensa.

Sin embargo, todo esto queda eclipsado por un planteo de “guerra cultural” o de ignorancia ilustrada, en el que la realidad se diluye. El debate actual se reduce a diferencias ideológicas en un clima de confrontación irracional, alimentado por violencia política que puede tomar forma física o simbólica: discursos polarizantes, campañas de desinformación, cancelaciones. Se construye un relato que pretende dividir entre “amor” y “odio”, pero que busca ocultar una realidad judicial y delictiva. No los condenaron por lo que creían, sino por lo que hicieron. Los descubrieron por desprolijos y los condenaron por soberbios.

Frente a esto, optan por la victimización. Por atacar valores e identidades que nos definen como pueblo: el trabajo, el esfuerzo, el amor por la patria. Fabrican un relato colectivo que justifica el enriquecimiento desmedido e ilegal. Escalan la violencia simbólica y corren el riesgo de fomentar la violencia física, iniciando un camino de consecuencias impredecibles y peligrosamente opuestas al interés nacional. Y lo mismo ocurre a nivel internacional.

Todo esto deja en evidencia un problema más profundo: por más que intenten dividirnos entre buenos y malos, en esta confrontación no hay inocentes.

La realidad se impone. Y como ciudadanos, estamos cansados de esta guerra cultural en la que, por dinero o poder, se defienden e imponen temas que no nos interesan. Cansados de escuchar a Cristina, de que se nos pretenda imponer un relato que todos sabemos falso. Soportamos los esfuerzos que se nos exigen para equilibrar la economía.

Comprender esta dinámica es clave para fortalecer la democracia. Una democracia que necesita del disenso, pero también del diálogo. Frente a una política cada vez más emocional y binaria, es urgente construir una cultura de la amistad cívica, donde las diferencias no se vivan como amenazas, sino como oportunidades para el entendimiento mutuo.