Existe una forma de populismo que no se conforma con gobernar: busca perpetuarse. No imagina la diversidad, ni tolera la alternancia democrática. Su obsesión es la hegemonía total. Lo vimos en Fidel Castro, lo vemos en Maduro y Ortega. Y lo vemos, aunque con otro ropaje, en Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei.
Ambos encarnan un materialismo político que no reconoce realidades complejas. Actúan desde una lógica binaria, impermeable a los matices. En su vanidad, quizás no lo adviertan. Tal vez la psicología pueda explicarlo. Pero sus gestos los delatan.
Uno de esos gestos fue la presentación del libro de Milei en el Movistar Arena. Un evento que, aunque financiado por la editorial, no puede desligarse de su investidura presidencial. ¿Estaban los asistentes allí para comprar un libro o para rendir culto al líder? ¿Hubiese tenido cobertura mediática si no fuera el presidente?
El vocero presidencial intenta justificarlo como un acto privado. Pero no lo es. Porque el presidente no deja de serlo cuando se sube a un escenario. Porque su figura pública no puede usarse para vender libros. Porque eso, aunque envuelto en cultura, es un acto de corrupción simbólica.
La democracia no se fortalece con espectáculos de autocelebración. Se fortalece con instituciones, con límites, con respeto por la pluralidad. Es hermoso que un presidente escriba. Pero no es el momento. No es la imagen que necesitamos. No es el uso que corresponde a su rol.
Y si el vocero insiste en que es un tema personal, debería abstenerse de comentarlo. Porque al hacerlo, lo convierte en político. Y entonces, ya no hay excusas.