Tal vez estamos siendo testigos de un cambio de época. Se esta extinguiendo la edad contemporánea y dando paso a una nueva.
La historia de la humanidad es larga, cambiante y ciclica, y para entenderla hay que estudiar los hechos en el contexto Temporal. Para facilitar su comprensión.
La cita de una fase de Joseph de Maistre, (pensador contrarrevolucionario francés), cuando dice a la marquesa de Costa que la Revolución Francesa no es simplemente un “acontecimiento” aislado, sino el inicio de una época histórica, nos deja una definición exquisita, pues un acontecimiento se consume en sí mismo, mientras que una época transforma las estructuras sociales, políticas y culturales de manera duradera.
Lo interesante es que Maistre, aunque crítico de la Revolución, reconoce que sus contemporáneos estaban equivocados al subestimarla. No era un episodio pasajero, sino un cambio de era que redefinía el mundo moderno. En cierto modo, está anticipando la idea de que algunas revoluciones no solo derriban gobiernos, sino que inauguran nuevas formas de pensar y vivir.
Hoy, la degradación de los valores tradicionales, la corrupción institucional, el uso adictivo de la tecnología y la sobre información, ha generado un grave conflicto social y cognitivo. También ha provocado un cambio en la construcción del poder. Lo que me hace pensar un cambio tan profundo que obliga a mirar la realidad con otros parámetros.
El poder ya no depende de la autoridad moral que puedan tener los actores políticos o sociales, mayoritariamente depende de la sumisión voluntaria o forzada a la que son sometidos los ciudadanos. Las técnicas han sido sorprendentes, puesto que van desde el clientelismo populista, la fragmentación social, los algoritmos, la neurolingüística y las adicciones que explotan los vacíos existenciales.
Las reacciones individuales no tardaron en aparecer, pero quedaron neutralizadas, pues en su afán de rebeldía se generaron fragmentaciones y se aislaron, convirtiéndose en una forma de sumisión al mismo globalismo
Es llamativo como personas inteligentes y formadas pierden la visión de la realidad. Muchos solo ven realidades específicas, que por su especialidad no permiten deducir una verdad. Cualquier conclusión a la que lleguen, aunque sean verdaderas, están viciadas por la inducción. Claramente veo un cambio de era. Y como todo cambio de era cae un régimen denigrado por el mal uso del poder y la riqueza. Implosiona la civilización.
Arnold J. Toynbee sostenía que las civilizaciones no mueren por destino inevitable, sino porque dejan de responder creativamente a los desafíos que enfrentan. Para él, el colapso ocurre cuando las élites pierden su capacidad de guiar y la sociedad se estanca.
Lo importante es que siempre hubo un renacimiento, con periodos mas o menos oscuros y oscurantismos. Peros siembre hay un renacimiento y siempre fue a partir del Humanismo, y todo indicaría que el humanismo cristiano es la opción válida para este renacimiento.
Si hacemos un análisis del poder contemporáneo, vemos cómo los principios humanistas —la centralidad del individuo, la razón y la libertad— están amenazados por un nuevo orden político basado en algoritmos, emociones y manipulación digital. Hay que repensar el lugar del ser humano en la política del siglo XXI. Vemos como las personas pierden su libertad por un puñado de monedas, sumidas en una cultura de la muerte.
El humanismo es una respuesta necesaria frente a la excesiva especialización y compartimentación del conocimiento moderno, que ha demostrado sus límites en la crisis. El humanismo recupera la capacidad de pensar de manera amplia y conectar disciplinas para enfrentar los grandes dilemas actuales.
La sociedad moderna confió en especialistas cada vez más técnicos y aislados, pero la crisis económica, ambiental y digital mostró que esa cultura fragmentada no puede dar respuestas completas.
El poder actual ya no se basa en la deliberación democrática, sino en la velocidad, el algoritmo y la performance. Esto refuerza la necesidad de un pensamiento humanista que devuelva sentido y horizonte a la acción política. Siempre recordando la premisa evangélica donde el si es si y el no es no, no dejando lugar para el quizá, tal vez, o grises inexplicables fundados en alguna autopercepción de la realidad. Es hora definirse por el bien. Pues aceptar la cultura de la muerte que se hace presente con el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción. No sume en la pobreza y nos hace perder la idea de vocación.
El humanismo no es nostalgia por el pasado, sino una herramienta crítica para el presente: una forma de pensamiento que conecta disciplinas y devuelve a la política y la sociedad la capacidad de enfrentar los desafíos globales con visión y sentido.