La Peregrinación a Luján ha dejado muchas enseñanzas aplicables a la vida y, por ende, también a la política.

Hubo peregrinos de todo tipo: quienes fueron a expresar su fe, quienes caminaron junto a sus parroquias para saludar a la Virgen, quienes lo hicieron como desafío deportivo, quienes buscaron ser vistos, y quienes fueron a pedir o agradecer. Lo cierto es que cerca de tres millones de personas caminaron hacia Luján sin custodia especial ni un despliegue policial masivo. Salvo algunos celulares arrebatados en las inmediaciones de la Basílica, no trascendieron incidentes de consideración.

Pocos días después, un grupo mucho menor de personas se reunió para manifestarse por distintas causas, entre ellas la educación universitaria. Sin embargo, esta marcha, que contó con custodia policial, operativos de seguridad y transporte organizado, terminó derivando en situaciones de caos y violencia.

No se trata de un fenómeno exclusivamente argentino. Situaciones similares se han visto en Francia, Italia, España y Bélgica.

Ninguna de estas concentraciones supera en número a quienes participaron de la Peregrinación a Luján. Ni siquiera aquellas grandes movilizaciones ciudadanas, como las del 9N de 2012 y las que le siguieron.

En todas ellas hubo multitudes. En todas hubo reclamos. Y esos reclamos, como ocurre habitualmente, fueron diversos.

También en la peregrinación convivieron distintas expresiones: desde quienes intentaron darle un carácter político con consignas como “Cristina Libre”, hasta quienes rezaban por sus hijos afectados por las drogas, por sus familias, por trabajo, salud o fortaleza espiritual.

Los hechos, en términos de convocatoria, eran similares. Entonces surge una pregunta: ¿por qué la diferencia?

¿Por qué en un caso predominó la paz y en otro la violencia?

La diferencia parece estar en que unos saben claramente hacia dónde van. Tienen un destino definido y motivaciones trascendentes. Buscan un bien que consideran superior y entienden que la transformación de la realidad requiere esfuerzo, sacrificio y trabajo cotidiano. La peregrinación es, en ese sentido, una muestra de cuántas personas anhelan un cambio profundo.

Por el contrario, muchos reclamos políticos parecen sostener la ilusión de que la simple protesta puede producir, por sí sola, las transformaciones deseadas. Se reúnen, expresan su descontento y esperan que las cosas cambien sin asumir responsabilidades posteriores. Una vez terminada la manifestación, pocos hacen algo concreto para modificar aquello que denuncian. Con frecuencia, la protesta se transforma en un fin en sí mismo o en una herramienta para disputar espacios de poder.

La historia reciente muestra distintos ejemplos de sectores políticos y sociales que creyeron que los cambios llegarían por mera presión o confrontación. Sin embargo, las transformaciones duraderas nunca surgieron de la magia ni de la protesta permanente.

Las cosas cambian cuando existe un objetivo claro y un camino, aunque sea imperfecto, para alcanzarlo. Cambian cuando hombres y mujeres libres trabajan unidos en función de un destino común. Son las personas honestas, comprometidas y guiadas por valores las que mejoran la sociedad y dejan una huella positiva en la historia. Los demás, muchas veces, solo contribuyen a profundizar su decadencia.