La Universidad de Buenos Aires realizó en octubre una encuesta sobre la eventual visita del Papa a la Argentina. En su publicación, la institución destaca tres ejes relevantes:
El estudio refleja una sociedad dividida: un 49,3% considera importante la visita, frente a un 50,7% que le otorga poca o nula relevancia. Además, se observa una marcada brecha regional (35,5% de interés en el AMBA frente al 56,2% en el interior), así como diferencias por edad y género.
Entre las prioridades que la ciudadanía espera que aborde el Pontífice se destacan la lucha contra la pobreza (43,2%) y la paz internacional (20,6%), seguidas por la transparencia eclesial, las migraciones y el medio ambiente.
El catolicismo concentra al 57,7% de la población total, pero esa cifra desciende al 44,6% en el segmento de jóvenes de 16 a 29 años.
¿Qué significan estos datos para la sociedad y para la propia Iglesia? De la lectura se desprenden dos conclusiones principales.
La primera es matemática y pastoral: si el 57,7% de la población se define como católica, pero solo el 49,3% considera importante la visita, existe al menos un 8% de católicos que ven irrelevante la llegada del Santo Padre.
La segunda conclusión es que más del 80% de la población parece percibir a la Iglesia como una gran ONG, un organismo donde su máximo «CEO» viene a proponer soluciones para los problemas sociales de la filial argentina: la pobreza, la paz mundial y la transparencia institucional. Bajo esta lógica propia de las organizaciones supranacionales, se interpreta que el líder religioso viene puramente a hacer política.
Esta perspectiva diluye el verdadero sentido del viaje. La visita pastoral queda relegada por una interpretación política y por una visión casi mágica de la realidad, según la cual la sola presencia del Sumo Pontífice debería resolver la pobreza estructural del país. Estamos ante el triunfo de un pensamiento materialista —presente en ambos extremos del arco ideológico— que debería interpelarnos profundamente.
Lamento decepcionar a los lectores, pero ninguna de esas expectativas puramente terrenales se cumplirá. El éxito del viaje no se medirá en indicadores económicos. Tal vez la visita potencie la fidelidad y la caridad en la labor pastroal; tal vez busque encender faros de luz para un humanismo cristiano hoy en crisis. Quizás nos ayude a tomar conciencia de una doctrina social de la Iglesia que inspire a gestar una idea de Nación o un proyecto común sin exclusiones.
Aun así, nada de esto se concretará si las personas no se comprometen individualmente a ser las herramientas de ese cambio